El encuentro en Burdeos del caballero español Antonio Pimentel conocido por su embajada ante la reina Cristina de Suecia con un amigo inglés sirve de introducción a la novela formada por el entrelazamiento de las vidas de los personajes de Las meninas velazqueñas.
Néstor Luján, uno de los mejores conocedores del tema, resume en este libro, de un modo ameno y bien documentado, cómo vivían los españoles en la época de los últimos Austrias. Que es la época de Cervantes, Quevedo, Lope de Vega y Velázquez, pero también la de millones de personas anónimas de cuya vida cotidiana se nos cuenta aquí todo: las costumbres de la corte y la de los ambientes eclesiásticos, las ideas sobre la honra y la sexualidad, las modas, la gastronomía, los afeites de hombres y mujeres, los juegos de azar, el hampa, el teatro y los toros, etc. Todos estos apartados se ilustran con numerosísimas citas, en prosa y verso, que remiten a los textos de nuestros autores clásicos.
«No hay más hermosos caminos que los del mar, que los caminos que saben los salmones y las goletas de antaño y que éstos de los grandes transatlánticos de hogaño. Dan estos caminos poder, riqueza, fantasía». Esto escribe Cunqueiro en cierta ocasión cuando, quién sabe por qué razones, anduvo ocho meses alejado de la mar, él, para quien ésta fue la más fecunda de las musas. Es que, de hecho —quizá como todo gallego de pura cepa—, algo tiene Cunqueiro de ser marino: «Yo me lo merezco —dijo al recibir el premio La Concha de Vieira (en la que yace la uña del percebe— porque nací el día siguiente de haber comido mi madre una gran fuente de percebes. Por sus frutos los conoceréis.»